lunes, 21 de abril de 2014

Salvador, D.P.

Un día de trabajo como otro cualquiera, sentado en mi Renault Megane, vigilando con mis prismáticos a la mujer de mi cliente, de la que éste sospechaba que le era infiel. Sus sospechas si hicieron ciertas a los 5 minutos de mi vigilancia, aunque creo que no con el resultado esperado.
La mujer de mi cliente había ido a visitar a una amiga a su casa, un ático del barrio de Puntales, cuya terraza se veía desde la propia calle. No creo que la mujer tuviera ningún miedo a que su marido la descubriera, dado su exhibicionismo. La amiga resultó ser algo más, por lo que presencié un acto sexual entre dos mujeres, cosa que había sido una de mis fantasías sexuales desde que descubrí el cuerpo femenino. La otra ya os la contaré.
Tras una docena de fotos tomadas, y un calentón que necesitaría una buena ducha fría, llamé al marido y cliente para confirmarle sus sospechas. Al contarle que se veía con otra mujer, me dio la impresión de que no estaba dolido ni furioso, sino un poco motivado. De esta manera recordé que mi fantasía erótica es la del 95% de los hombres. Al otro 5% le ponen los azotes y las máscaras de cuero.
Tras otro caso resuelto por el detective más en forma de toda la ciudad, me volví a mi casa a descansar, ya que al día siguiente tenía jornada intensiva en mi otro trabajo.

Vivo en Cádiz, una pequeña y acogedora ciudad del sur de España. Al ser tan pequeña, es muy difícil ser un detective privado, pues, como decimos allí: “En Cádiz se conoce “to” el mundo”. Por esta razón, llevo una doble vida, por lo que tengo un segundo trabajo. Que a decir verdad, es el que me sustenta, ya que como detective, en Cádiz, hay muy poco trabajo.
Trabajo en una gasolinera en la Zona Franca de Cádiz, frente al Estadio Ramón de Carranza, orgullo de los cajistas. Aunque el equipo no haya ganado nada nunca, a excepción del Trofeo Carranza.
Gracias a este trabajo, conozco a la mayor parte de la población gaditana, pues la gasolinera se encuentra en un punto estratégico por el que tienen que pasar prácticamente todos los vehículos que entren o salgan de la ciudad. Y eso me viene muy bien para llevar a cabo mi pasión: la investigación privada.
Es cierto que en Cádiz no ocurren muchos sucesos que un detective privado pueda solucionar; pero de vez en cuando aparece un caso con el que satisfacer mi sed de misterios. Ya sé que espiar a una lesbiana que no se atreve a salir del armario no es un gran misterio; pero al menos hago uso de mis herramientas de detective: bloc de notas, prismáticos, gabardina y sombrero, mi móvil encriptado y, por supuesto, el típico diario falso, con el que tapo mi cara cuando persigo a un objetivo.
Mi aspecto también me viene muy bien para el trabajo de investigación sigilosa. Soy bajito, moreno y ni muy guapo ni muy feo; por lo que suelo pasar muy desapercibido. Aún no comprendo como Tom Cruise, uno de los hombres más deseados, puede ser un espía. Yo creo que cuando Tommy pone un pie en la calle ya tiene a cien mujeres detrás queriendo arrancarle la camisa a bocados.
Sí, soy un poco exagerado. Pero así somos en Cádiz.

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